miércoles, 10 de agosto de 2011

LA PORNOGRAFÍA ES ASUNTO DE LA IZQUIERDA - GAIL DINES Y ROBERT JENSEN


Aunque algunos colectivos minoritarios defienden la pornografía, así como algunos grupúsculos insisten en que las mujeres ejercen la prostitución por libre elección, dejando de lado el hecho de que en la abrumante mayoría de los casos las mujeres son utilizadas como meros objetos destinados al consumo de los hombres, hoy posteo un interesante artículo que encontré en la red. Escrito por Gail Dines y Robert Jensen, y publicado por la web La Fogata: http://www.lafogata.org/ Me pareció interesante difundirlo por las ideas que plantea, sobre todo para que nuestros compañeros y compañeras de izquierdas que siguen defendiendo la pornografía y la prostitución reflexionen de una vez por todas y sean consecuentes con sus supuestas ideas progresistas.

LA PORNOGRAFÍA ES ASUNTO DE LA IZQUIERDA
Gail Dines y Robert Jensen


El feminismo antipornografía está acostumbrado a los insultos de la izquierda. Una y otra vez se nos dice que estamos en contra del sexo, que somos remilgados, simplistas, políticamente naif, distrayentes, y cerrados de cabeza. Las críticas más crudas no dudan en sugerir que la cura para estos achaques se encuentra en, cómo diríamos, una vida sexual plena.


Además de las calumnias, nos enfrentamos constantemente a una pregunta: ¿por qué "malgastamos" nuestro tiempo en el asunto de la pornografía? Puesto que somos anticapitalistas y antiimperialistas de izquierda así como feministas, ¿no deberíamos concentrarnos en las muchas crisis políticas, económicas y ecológicas (la guerra, la pobreza, el calentamiento global, etc.)? ¿Por qué gastaríamos parte de nuestras energías intelectuales y organizativas durante las últimas dos décadas fomentando la crítica feminista de la pornografía y de la industria de la explotación sexual?
La respuesta es simple: estamos contra la pornografía precisamente porque somos tanto izquierdistas como feministas.

Como izquierdistas, rechazamos el sexismo y el racismo que satura la pornografía comercializada en masa de hoy en día. Como izquierdistas, rechazamos la mercantilización capitalista de uno de los aspectos más básicos de nuestra humanidad. Como izquierdistas, rechazamos la dominación de los medios y la cultura por multinacionales. Las y los feministas antipornografía no piden a la izquierda que acepte una nueva manera de mirar al mundo sino que demandan consistencia en el análisis y en la aplicación de principios.
Siempre nos ha resultado extraño que tantos en la izquierda rechacen sistemáticamente comprometerse en una crítica antipornográfica sostenida y concienzuda. Todo esto resulta particularmente lamentable en un momento en el que la izquierda ansía conectar con el público; una crítica de la pornografía basada en un feminismo radical y un análisis de izquierda que se contraponga a la moralina de derechas sería parte de una efectiva estrategia organizativa.


Análisis izquierdista de los medios.     
   
Los izquierdistas examinan los grandes medios de comunicación como un lugar en el que la clase dominante trata de crear e imponer definiciones y explicaciones del mundo. Sabemos que las noticias no son neutrales, que los programas de entretenimiento son algo más que diversión y juegos. Son lugares en los que se refuerza la ideología, donde se expresa el punto de vista de los poderosos. Ese proceso es siempre una lucha; a los intentos de las clases dominantes de definir el mundo se les pueden ofrecer, y se les ofrece, resistencia. El término "hegemonía" se usa típicamente para describir ese proceso del que siempre se protesta, el modo en el que la clase dominante trata de asegurar el control sobre la construcción de significado.

La crítica feminista de la pornografía es consistente con (y, para muchos de nosotros, emana de) un análisis ampliamente aceptado en la izquierda sobre ideología, hegemonía y medios de comunicación, lo que conduce a la observación de que la pornografía es al patriarcado lo que la televisión comercial es al capitalismo. Pero cuando se trata de pornografía, muchos en la izquierda parecen olvidar la teoría de la hegemonía de Gramsci y aceptan el argumento autocomplaciente de que la pornografía es mera fantasía.

Aparentemente, el lugar común que es la percepción por parte de la izquierda de que las imágenes de los medios pueden ser herramientas para legitimizar las desigualdades, es válida para un análisis de la CBS o la CNN, pero se evapora cuando la imagen es la de una mujer a la que le clavan un pene en su garganta con tanta fuerza que tiene arcadas. En ese caso, por motivos sin aclarar, se supone que no debemos tomarnos en serio las representaciones pornográficas o verlas como unos productos cuidadosamente producidos dentro de un sistema más amplio de desigualdades de género, raza y clase. Aparentemente el valioso trabajo llevado a cabo por los críticos de los medios sobre la política de producción no tiene peso para la pornografía.

La pornografía es una fantasía, hasta cierto punto. Igual que los programas de policías de la televisión, que aseveran la nobleza de los policías y los fiscales como protectores de la gente son fantasía. Igual que las historias de Horatio Alger sobre las recompensas al trabajo duro en el capitalismo son mera fantasía. Igual que las películas que representan a los árabes sólo como terroristas son fantasía.

Todos esos productos mediáticos son criticados por la gente de izquierda precisamente porque el mundo de fantasía que crean es una distorsión del mundo real en el que vivimos. La policía y los abogados a veces buscan la justicia, pero también hacen respetar la ley del poderoso. Hay personas que en el capitalismo prosperan como resultado de su duro trabajo, pero el sistema no proporciona una vida decente a todo el que trabaja duro. Un pequeño número de árabes son terroristas, pero eso oscurece tanto el terrorismo de los poderosos en la América blanca como la humanidad de la gran mayoría de los árabes.

Esas fantasías también reflejan cómo quieren que se sienta la gente subordinada los que están en el poder. Las imágenes de negros felices en las plantaciones hacían sentir a los blancos más seguros y pretenciosos en su opresión de los esclavos. Las imágenes de trabajadores contentos calman los miedos capitalistas hacia la revolución. Y los hombres atienden sus complejos sentimientos sobre la tóxica mezcla de sexo y agresividad de la masculinidad contemporánea buscando imágenes de mujeres a las que les gusta el dolor y la humillación.

¿Por qué tanta gente en la izquierda parece asumir que los pornógrafos operan en un universo diferente al del resto de los capitalistas? ¿Por qué ha de ser la pornografía la única vía de representación producida y distribuida por multinacionales que no sería un vehículo para legitimar las desigualdades? ¿Por qué los pornógrafos serían los únicos capitalistas de los medios de comunicación que son rebeldes que buscan subvertir sistemas hegemónicos?



¿Por qué los pornógrafos se ganan la vista gorda de tanta gente de izquierdas?



Después de años de enfrentarnos a la hostilidad de la izquierda en público y en la prensa, creemos que la repuesta es obvia. El deseo sexual puede restringir la capacidad de la gente para el razonamiento crítico (especialmente los hombres en el patriarcado, donde el sexo no va solo de placer sino de poder).

La gente de izquierda (en particular los hombres de izquierda) debe superar la obsesión con enrollarse.

Analicemos la pornografía no como sexo sino como medio de comunicación. ¿Adónde llegaremos?

Medios de comunicación comerciales

Las críticas hacia el poder de los medios de comunicación comerciales son omnipresentes en la izquierda. Gente de izquierda con proyectos políticos muy diferentes pueden unirse para censurar el control de los conglomerados sobre las noticias y la programación de entretenimiento. Por la estructura del sistema, se da por hecho que esas empresas crean una programación que responde a las necesidades de anunciantes y elites, no de la gente ordinaria.

Sin embargo cuando se habla de pornografía, este análisis sale volando por la ventana. Escuchando a tantos en la izquierda defender la pornografía, uno pensaría que el material está hecho por esforzados artistas trabajando sin descanso en solitarios desvanes para ayudarnos a entender los misterios de la sexualidad. No hay nada más lejos de la realidad; la industria de la pornografía es solo eso: una industria, dominada por las compañías de producción pornográfica que crean el material, con empresas mayoritarias lucrándose con su distribución.

Es fácil escuchar las conversaciones de los pornógrafos: tienen una revista del oficio, Adult Video News. Las conversaciones que se encuentran allí no tienden a concentrarse en el potencial transgresor de la pornografía o la naturaleza polisémica de los guiones sexualmente explícitos. Hablan de (qué sorpresa) beneficios. Las historias de la revista no reflejan una conciencia crítica sobre casi nada, en particular género, raza y sexo.

Andrew Edmond (presidente y ejecutivo de Flying Crocodile, una compañía de pornografía en Internet con un valor de 20 millones de dólares) lo dijo francamente: "Mucha gente se distrae del modelo empresarial por [el sexo]. Es un mercado tan sofisticado y variado como cualquier otro. Funcionamos como cualquier otra compañía de los 500 de Fortune".

Las productoras (desde las grandes como Larry Flint Productions hasta las pequeñas productoras informales) actúan predeciblemente como grandes empresas del capitalismo, buscando maximizar la cuota de mercado y los beneficios. No tienen en cuenta las necesidades de la gente o los efectos de sus productos, no más que otros capitalistas. Dar un toque romántico a los productores pornográficos tiene tanto sentido como darle un toque romántico a los ejecutivos de Viacom o Disney.

Cada vez más, las grandes empresas de comunicación también obtienen beneficios. Hugh Hefner y Flint tuvieron que pelear para ganarse el respeto en los salones del capitalismo, pero hoy la mayoría de los beneficiarios de la pornografía son grandes corporaciones. A través de la propiedad de las compañías de distribución por cable y de servicios de Internet, las grandes compañías que distribuyen pornografía también distribuyen programación comercial. Un ejemplo es News Corp. Propiedad de Rupert Murdoch.

News Corp. es un accionista mayoritario de DirecTV, que vende más películas pornográficas que Flint. En 2000, el New York Times informó de que los 8,7 millones de subscriptores de DirecTV gastan unos 200 millones de dólares al año. Entre los demás holdings de medios de comunicación propiedad de News Corp. están las redes de TV por cable y por emisión de la Fox, Twentieth Century Fox, el New York Post y TV Guide. Bienvenidos a la sinergia: Murdoch también es propietario de Harper Collins, que publicó el libro superventas de la estrella del porno Jenna Jameson How To Make Love Like A Porn Star [Cómo Hacer el Amor Como una Estrella del Porno, N. del T.].

Cuando Paul Thomas aceptó el premio al mejor director en la entrega de premios de la industria del porno de 2005, hizo un comentario sobre la corporativización de la industria bromeando: "Solían pagarme los italianos con dinero en efectivo. Ahora me paga un judío con un cheque". Sin fijarnos en la tosca referencia étnica (Thomas trabaja principalmente para Vivid, cuya cabeza es judía), quería decir que lo que una vez fue una empresa financiada en gran parte por la mafia ahora es otra corporación.

¿Qué piensa la gente de izquierda de las corporaciones? ¿Queremos que nuestra cultura la construyan ejecutivos de las corporaciones hambrientos de beneficios?

Mercantilización
Hace tiempo que se sabe en la izquierda que uno de los aspectos más insidiosos del capitalismo es la mercantilización de todo. No hay nada que no se pueda vender en el juego de acumulación sin fin del capitalismo.

En la pornografía, hay mucho más en juego, lo que se mercantiliza es crucial para nuestra percepción del ser. Sea cual sea la sexualidad o la visión de la sexualidad que tenga una persona, prácticamente todo el mundo está de acuerdo en que es un aspecto importante de nuestra identidad. En la pornografía, y más en general en la industria del sexo, la sexualidad es un producto más para empaquetar y vender.

Cuando aparecen estás cuestiones, los izquierdistas pro-pornografía a menudo se apresuran a explicar que las mujeres en la pornografía han elegido ese trabajo. Aunque en toda discusión sobre elegir se tienen que tener en consideración las condiciones bajo las que uno elige, no discutimos que esas mujeres en efecto elijan, y como feministas respetamos esa elección y tratamos de comprenderla.

Pero, hasta donde nosotros sabemos, nadie de izquierdas defiende los medios de comunicación capitalistas (o cualquier otra empresa capitalista) señalando que los trabajadores consienten en hacer sus trabajos. La gente que produce contenidos para los medios de comunicación, o cualquier otro producto, consiente en trabajar en tales empresas, bajo diferentes obligaciones y oportunidades. ¿Y qué? La crítica no es hacia los trabajadores sin hacia los propietarios y la estructura.

Fíjense en la estrella más grande de la industria, Jenna Jameson, que parece controlar su vida de negocios. Sin embargo en su libro cuenta que fue violada de adolescente y describe las maneras en la que la prostituían hombres a lo largo de su vida. Su desesperación por dinero aparece también cuando intentó conseguir un trabajo como bailarina de strip-tease pero parecía demasiado joven: se metió en un baño y se arrancó la ortodoncia con unos alicates. También describe su abuso de las drogas y se lamenta de la cantidad de amigos de la industria que perdió con las drogas. Y esta es la mujer de la que se dice que es la más poderosa en la industria pornográfica.

Tal y como entendemos el análisis de izquierda, el interés no está en decisiones individuales sobre cómo sobrevivir en un sistema que mercantiliza todo y nos roba las oportunidades de controlar nuestra vidas. Se trata de luchar contra el sistema.

Racismo
Según han ido despareciendo de los medios de comunicación las formas más descaradas y desagradables de racismo, la gente de izquierda continúa señalando que aún perduran formas de racismo más sutiles, y que su constante reproducción a través de los medios es un problema. La raza importa, y la representación de la raza por parte de los medios de comunicación importa.

La pornografía es el único género en el que el racismo manifiesto se sigue aceptando. No es un racismo sutil, codificado, sino un racismo a la antigua usanza de los EEUU: representaciones estereotipadas del semental negro, la salvaje mujer negra, la latina caliente, la tímida geisha asiática. Los vendedores de pornografía tienen una categoría especial, "interracial", que permite a los consumidores encontrar las posibles combinaciones de personajes y escenarios racistas.

El racismo de la industria está tan generalizado que pasa en gran medida desapercibido. En una entrevista con el productor del DVD "Black Bros and Asian Ho's" [Hermanos negros y putas asiáticas. N. del T.] uno de nosotros le preguntó si alguna vez le habían criticado por el racismo de tales películas. Dijo: "no, son muy populares". Repetimos la pregunta: populares, sí, pero, ¿la gente critica alguna vez el racismo? Nos miraba incrédulo; la pregunta aparentemente nunca se le había pasado por la cabeza.

Sin embargo dense una vuelta por una tienda de pornografía, y está claro que la justicia racial no es algo central para la industria. Se suelen pedir películas tipo "Black Attack Gang Bang" [Películas en las que una mujer es penetrada por un grupo de negros. N. del T.] "¡Mi misión es encontrar las nenas blancas más lindas para que unos negros con una buena polla le den fuerte y la follen en grupo hasta sacarla del pueblo!" Sería interesante ver a un izquierdista pro-pornografía argumentar a una audiencia no blanca que tales películas no están relacionadas con la política de la raza y la superioridad blanca.

Los productores más grandes como Vivid utilizan principalmente mujeres blancas; la cara oficial de la pornografía es abrumadoramente blanca. Sin embargo, paralelamente a este género existe un material más agresivo en el que aparecen con más frecuencia mujeres de color. Como nos dijo una mujer negra de la industria, "éste negocio es racista", desde cómo la tratan los productores para pagarle diferenciales hasta las conversaciones diarias que escucha por casualidad en el estudio.

Sexismo
La pornografía heterosexual comercializada en masa contemporánea (el grueso del mercado del material sexualmente explícito) es un lugar donde se crea y distribuye un significado particular del sexo y el género. El mensaje ideológico central de la pornografía no es difícil de discernir: las mujeres existen para dar placer sexual a los hombres, independientemente de la forma en que los hombres quieran ese placer, sin importar qué consecuencias tenga para las mujeres. No es sólo que las mujeres existan para el sexo, sino que existen para el sexo que quieren los hombres.

A pesar de las afirmaciones naif (o poco sinceras) de que la pornografía es un vehículo para la liberación sexual de la mujer, el grueso de la pornografía comercializada en masa es increíblemente sexista. Desde el feo lenguaje que se utiliza para describir a las mujeres, hasta las posturas de subordinación, hasta las propias prácticas sexuales: la pornografía es implacablemente misógina. A medida que la industria "madura" el género más popular de películas, llamadas "gonzo", continúa rebasando los límites de degradación y crueldad hacia las mujeres. Los directores reconocen que no están seguros de adónde llevarlos desde el nivel actual.

Esta misoginia no es un rasgo idiosincrásico de unas cuantas películas marginales. Basándonos en tres estudios sobre el contenido de los vídeos y DVD pornográficos de la última década, concluimos que el odio hacia las mujeres es lo principal en la pornografía contemporánea. Si quitamos todos los vídeos en los que a una mujer se le llama puta, coño, guarra o zorra, los estantes quedarían desnudos. Quitemos cada DVD en el que una mujer se convierte en el objetivo del desprecio de un hombre, y no nos quedaríamos con muchas. La pornografía comercializada en masa no exalta a la mujer y a su sexualidad, sino que expresa desprecio hacia las mujeres y exalta el hecho de expresar ese desprecio sexualmente.

La gente de izquierda típicamente rechaza meras explicaciones biológicas de la desigualdad. Pero la historia del género en la pornografía es la historia del determinismo biológico. Un tema central en la pornografía es que las mujeres son diferentes de los hombres y disfrutan con el dolor, la humillación la degradación; no merecen la misma humanidad que los hombres porque son un tipo diferente de criatura. En la pornografía, no es sólo que las mujeres quieren que las follen de un modo degradante, sino que lo necesitan. La pornografía en el fondo cuenta historias sobre dónde deben estar las mujeres: bajo los hombres.

La mayoría de la gente de izquierda critica el patriarcado y se opone al sistema de dominación por parte del macho. La lucha de género es uno de esos campos de batalla contra la dominación, y por tanto un campo de batalla ideológica. Si se unen el conocimiento de los medios de comunicación con los argumentos feministas sobre igualdad sexual, se obtienen los argumentos antipornografía.

La necesidad de un análisis consistente del poder.
Los izquierdistas que por otro lado se sienten orgullosos de analizar los sistemas y estructuras del poder, se pueden transformar en individualistas libertarios extremos cuando se trata de la pornografía. El pensamiento sofisticado y crítico que sustenta lo mejor de la política de izquierda puede ceder a los análisis simplistas, políticamente naif y de diversión que deja a mucha gente de izquierda en el papel de animadores de una industria explotadora. En esos análisis, no se supone que debemos examinar la ideología de la cultura y cómo moldea la percepción que tiene la gente de sus opciones, y debemos ignorar las condiciones bajo las que vive la gente; todo va de libertad de elección individual.

Una crítica de la pornografía no implica que la libertad arraigada en la habilidad del individuo para elegir no sea importante, sino que argumenta en cambio que esos asuntos no se pueden reducir a un solo momento de elección por parte de un individuo. En su lugar, debemos preguntar: ¿Qué significa en realidad libertad dentro de un sistema capitalista que es racista y sexista?

La gente de izquierdas siempre se ha enfrentado a la opinión de los poderosos de que la libertad consiste en aceptar el lugar que ocupa uno en una jerarquía. Las y los feministas han remarcado que uno de los sistemas de poder que nos oprimen es el género.

Sostenemos que la gente de izquierda que se toma el feminismo en serio debe darse cuenta de que la pornografía, junto con otras formas capitalistas de explotación sexual, sobre todo de mujeres, niñas y niños, por parte de hombres, es inconsistente con un mundo que el que la gente común pueda tomar el control de su propio destino.

Ésta es la promesa de la izquierda, del feminismo, de la teoría crítica de la raza, del humanismo radical: de todo movimiento liberador de la historia moderna.

Autores:
Gail Dines es profesora de estudios americanos en el Wheelock College de Boston.
Autora del libro Pornland: How Porn has Hijacked our Sexuality.



Robert Jensen es profesor de periodismo en la universidad de Texas en Austin.
Autor de Getting off: Pornography and the End of Masculinity.
Ambos son coautores, junto a Ann Russo, de Pornography: The Production and Consumption of Inequality.

Además ambos son miembros del comité organizador provisional del Movimiento Nacional Feminista Antipornografía.
Para más información póngase en contacto con feministantipornographymovement@yahoo.com o entre a http://feministantipornographymovement.org/.
Artículo traducido por Miguel Montes Bajo y revisado por Miguel Alvarado. 

domingo, 17 de julio de 2011

LA DOBLE MORAL DEL PROXENETISMO IMPRESO - SILVIA CUEVAS-MORALES

Aunque este artículo ya ha circulado por internet hoy lo reproduzco y celebro que en Argentina hayan tomado cartas en el asunto. Ojalá todos los gobiernos, que supuestamente están en contra de la violencia hacia las mujeres, tomen nota y legislen para prohibir la venta de mujeres en los medios de comunicación. Ya es hora de que tanto los gobiernos como los periodistas sean consecuentes y dejen de colaborar con el proxenetismo.


La doble moral del proxenetismo impreso *
Silvia Cuevas-Morales

“Paraguayita ardiente”, “Madre. Hija demostrable, nos da morbo compartir la cama contigo, disfruta con nosotras”, “Rubia sensual y provocativa”, “Cubanita súper caliente”, “Rubia salvaje muy complaciente”, “Chicas Hong-Kong: 18 años, griego”. Éstos son algunos de los títulos de los anuncios, llamados equívocamente como “clasificados relax” o “contactos”, que cada día infestan las páginas de algunos periódicos de tirada nacional. Cualquier persona que defienda el derecho a la dignidad de las mujeres, puede sentirse irritada al leer estas descripciones de mujeres reales que son calificadas como si fueran trozos de carne para el consumo masculino. Es evidente que mientras se permita menoscabar la dignidad de las mujeres, anunciándolas con palabras vejatorias y sexistas, además de racistas, jamás conseguiremos que una parte de la población respete y vea como igual a la otra parte.

Hace tiempo que las feministas venimos denunciando la doble moral de muchos periódicos, que por un lado relatan los abusos de las redes de trata y del proxenetismo, y por otro lado ganan cantidades astronómicas por las páginas que ofrecen para publicitar el mismo abuso que denuncian. ¿Dónde está la ética de estos periódicos? ¿Y qué piensa hacer el gobierno para regular esta práctica?

Hace un par de años el tema saltó a la arena política, y en mayo de 2010, la Ministra de Igualdad, Bibiana Aído, por fin abordó el tema en el Congreso de los Diputados. Según sus declaraciones se estaban estudiando “distintas fórmulas” para eliminar los anuncios de prostitución en la prensa porque “mientras sigan existiendo anuncios de contactos en la prensa seria, se estará contribuyendo a la normalización de la explotación sexual" (El Mundo, 16 de mayo de 2010). Su declaración siguió a la denuncia del diputado de Unión del Pueblo Navarro, Carlos Salvador, quien declaró acertadamente que “esta publicidad tan hipócrita perpetúa estereotipos de instrumentalización”, que “pueden degenerar en situaciones de violencia de género y en otros ataques a la dignidad de la persona”. En el mes de junio de ese mismo año, el pleno del Ayuntamiento de Madrid se pronunció a favor de la eliminación de estos anuncios porque contribuyen a la explotación sexual. La propuesta, presentada por el grupo socialista, fue respaldada por el Partido Popular, pero Izquierda Unida optó por la abstención. Su portavoz, la concejala Milagros Hernández, justificó la abstención de IU alegando: “Dejémonos de moralinas y diferenciemos la trata de la prostitución” y añadió que estos anuncios los ponen “las trabajadoras sexuales que no quieren buscar en la calle” (Público, 30 de junio de 2010, Pág. 26).

Aunque una minoría de personas defienda tales anuncios es evidente que el 90% de las mujeres extranjeras que son obligadas a prostituirse en España, no disponen de los medios económicos para anunciarse en las páginas de los periódicos. Es más, ni siquiera tienen el lujo de tener un teléfono móvil propio para que los “clientes” las contacten ya que las mantienen controladas y aisladas. Quienes sí disponen de ese dinero son los proxenetas y todas aquellas organizaciones mafiosas que se lucran a expensas de los cuerpos de las mujeres que trabajan para ellos. No son las mujeres quienes ponen estos anuncios cómo ya ha quedado demostrado en varias operaciones policiales.

En el mes de julio del año pasado se desarticuló una red de proxenetas que explotaba a mujeres de origen chino. Para captar “clientes”, publicitaban a “sus chicas” en las páginas de contactos de varios periódicos nacionales. Tras investigar los anuncios, la policía se percató que eran los mismos anunciantes que variaban los textos que publicaban, pero que básicamente ofrecían los mismos servicios a cargo de mujeres asiáticas. Además, en todos aparecía el mismo número de móvil. Tras la desarticulación de la red, descubrieron a treinta jóvenes que estaban en situación irregular, y que eran obligadas a prostituirse (Público, 2 de julio de 2010, Págs. 24-25).  En el mismo mes se desarticuló otra red mafiosa que contrataba el 50% de los anuncios de contacto en El País, El Mundo y el ABC, y que explotaba sexualmente a más de 350 mujeres, repartidas en unos quince locales de “alto standing” de Madrid. La red ingresaba unos 700.000 euros mensuales, de los que invertían 45.000 euros en anuncios en cada periódico (Público, 24 de julio de 2010, Págs. 26-27). ¿Acaso no debería existir algún tipo de control sobre quién paga estos anuncios? De momento el único control es el editorial, que supuestamente prohíbe palabras “malsonantes” y que no permite anuncios que ofrecen servicios de menores de edad. ¿Quién decide lo que es una palabra “malsonante”? Desde luego que para muchas feministas palabras como “Paraguayita ardiente” o “Rubia salvaje muy complaciente” son palabras denigrantes que nos reducen a meros objetos sexuales. Tal vez los empleados de esta sección deberían recibir clases en igualdad de género para aprender qué palabras son malsonantes o no.

Algunas voces hablan de que deben ser los propios medios quienes deben posicionarse en cuanto al tema, como bien ha dado ejemplo el Público desde sus inicios. Desde el lanzamiento de este periódico en el año 2007, muchas feministas abandonamos la lectura del periódico habitual y optamos por el Público porque era el único que no publicaba anuncios de prostitución, además de 20 Minutos y Avui, que tampoco incluyen este tipo de anuncios. En el mes de noviembre del 2009, La Razón siguió su ejemplo tras firmar un acuerdo con la prensa del Vaticano, El Observatorio Romano. No sabemos si dejaron de publicitar contactos sexuales por estar en contra de la degradación de la mujer o por presión de la iglesia... Pero los demás periódicos siguen publicando anuncios de contactos sexuales porque se niegan a renunciar al ingreso que éstos les proporcionan.

De acuerdo a varias fuentes, los periódicos ingresan unos 40 millones de euros cada año gracias a sus anuncios “relax” o de “contactos”. El País y El Mundo son los periódicos que más ingresos obtienen del negocio sexual y cada día reservan entre tres y cuatro páginas a este cometido. Ambos periódicos publican entre 700 y 670 anuncios diarios, que se multiplican durante los fines de semana. Es una vergüenza que un periódico supuestamente progresista sea el líder de esta práctica que le reporta alrededor de 5 millones de euros anuales. Aunque muchas personas se han quejado a El País, y hay constancia de que se ha mantenido un debate interno, este periódico aún continúa publicando degradantes anuncios de “contacto”.  El director del El Mundo sin embargo, defiende esta práctica ya que pone en duda que las mafias se escondan detrás de los anuncios que su periódico publica, y en unas declaraciones en el mes de mayo añadió: “nosotros no somos la Dirección General de la Policía. Si se investiga y se demuestra que hay tramas, éstas desaparecerán y también sus anuncios” (La Razón, 9 de mayo de 2010).

¿Hasta cuándo seguirán estos periódicos apoyando y participando del proxenetismo de forma tan evidente? ¿Cómo pueden seguir denunciando casos de extorsión, explotación y vejación, cuando en las páginas siguientes dan cabida para que se siga perpetuando esta misma explotación? ¿Cuál es el papel de los periódicos y sus periodistas y directores? El sector debería pensar seriamente en su ética como medio de información, aunque deba renunciar a unos golosos ingresos, debería intentar demostrar un grado de profesionalidad en el que prime la información como un bien público y no el periodismo mercantilizado. Además, continuamente están ofreciendo un doble mensaje. Por un lado, las redes de proxenetas que abusan de mujeres deberían ser castigadas, pero por otro, incitan al consumo ilícito de mujeres. ¿Por qué no publicitan la venta de CDs o DVs piratas, o de bolsos falsificados? La respuesta es evidente – porque son ilegales y no se puede publicitar la venta de algo ilegal. ¿Por qué entonces dan cabida a los anunciantes que quieren vender seres humanos, y que en la mayoría de los casos son mujeres inmigrantes en situación irregular? La respuesta es que se trata de mujeres, muchas son extranjeras sin derechos legales, y que el dinero, en esta sociedad capitalista, goza de mucho más prestigio que la dignidad femenina. ¿A quién le importa de dónde procede el dinero para pagar esos anuncios? Desde luego que a los directores de los periódicos que siguen lucrándose a través de sus anuncios de prostitución, la dignidad humana no les importa nada.

España ha logrado grandes avances en muchas áreas, y ya no puede seguir siendo el único país de la Unión Europea que todavía permite este tipo de clasificados en sus periódicos más importantes. Aunque el gobierno se planteó eliminarlos durante su presidencia de la Unión Europea, fracasó en el intento. En casi toda Europa, al igual que en Estados Unidos, este tipo de publicidad suele encontrarse en periódicos minoritarios y sensacionalistas, y en tabloides de poca calidad. Ningún periódico serio de tirada nacional que desee alcanzar un grado de respetabilidad y de profesionalidad periodística puede prestar sus servicios a las redes de proxenetas. En Inglaterra, sólo un periódico de tirada nacional, el Daily Star, presta sus páginas para denigrar a las mujeres. En Francia ni Le Figaro ni Liberation, publican anuncios de índole sexual. Incluso en Italia, hace años suprimieron este tipo de publicidad salvo Il Corriere della Sera, que publica este tipo de anuncios pero no tan explícitamente como algunos de los que podemos leer en España.

Ya es hora de que quienes se presentan en todo el mundo como profesionales del periodismo abandonen su complicidad con las redes de prostitución y dejen de ingresar dinero sucio. Se trata de una cuestión de ética profesional y de lanzar un mensaje alto y claro a la sociedad – las mujeres no están a la venta. Ya va calando la idea de que la trata de mujeres es ilegal, y por lo tanto, los periódicos no pueden publicar anuncios de una práctica ilegal, porque estarían incumpliendo la ley. Ahora dependerá de los gobiernos que sancionen a aquellos periódicos que han prestado sus páginas para contribuir a un negocio ilícito. No estaría nada mal que los gobiernos también sancionarán a los medios que insisten en vulnerar las leyes existentes como la Ley General de Publicidad (Ley 34/1988, artículo 3.a), que dicta que es ilegal cualquier anuncio que “atente contra la dignidad de la persona” o que “presenten a las mujeres de forma vejatoria”. ¿Acaso anuncios como “cubanita caliente”, no resultan vejatorios? ¿Y qué pasa con la  Ley de Violencia de Género y la Ley de Igualdad? Ambas leyes reconocen que las mujeres y los hombres son iguales en dignidad humana, ¿acaso estos anuncios no atentan contra la dignidad de las mujeres?

Como bien reconoce la Naciones Unidas, la prostitución en la actualidad es una forma de esclavitud y la esclavitud ha sido abolida en todo el mundo. Es también una forma de violencia hacia las mujeres, y mientras sigan existiendo redes mafiosas que se lucran de la venta de seres humanos y mientras los periódicos les ofrezcan sus páginas para publicitar sus actos delictivos, las mujeres seguiremos siendo percibidas como potenciales víctimas de este negocio. Tal vez es hora de presionar a estos periódicos, dejar de comprarlos y apoyar activamente la campaña lanzada por la Asociación de Mujeres Periodistas de Cataluña, “No compres periódicos con anuncios de prostitución”. Ya es hora de que los periódicos que se jactan de ejercer una periodismo de calidad, dejen de exhibir su doble moral y renuncien al proxenetismo impreso.

* Artículo actualizado en julio y publicado originalmente en la revista Maginaria, editada por la Delegación de la Mujer del Ayuntamiento de Sevilla, Nº 9, Enero de 2011.

martes, 21 de junio de 2011

LA VIOLACIÓN EN PRIMERA PERSONA - CLAUDINE SIMMONS

Foto Archivo Vindicación Feminista

Hace casi un mes que no he actualizado este blog por razones personales, pero hoy vuelvo con un nuevo texto para concienciar y seguir luchando contra la violencia machista. A pesar del ataque constante que muchas de nosotras recibimos por parte de algunos sectores de la sociedad, no cejaremos en nuestra lucha. Mi última entrada, que gracias a algunas amigas fue difundida por Facebook, recibió algunos comentarios insultantes y rabiosos de algunos hombres que se esconden en el anonimato para insultarnos. En este blog también he recibido algunos comentarios que por supuesto no he reproducido pero es curioso que el hombrecito que dejó uno de ellos (faltas de ortografía incluidas), se quejaba de que poníamos a todos los hombres en el mismo saco al poner el título de violencia patriarcal, y se preguntaba quejoso ¿por qué no poner simplemente violencia? La evidencia se encuentra en este blog y en todos los espacios feministas que por fortuna abundan en internet. Porque la violencia no es violencia a secas, tiene nombre y apellido cuando las mujeres suelen ser las víctimas y los hombres los verdugos. Por supuesto que no todos los hombres son asesinos y violadores, la prueba está en aquellos grupos de hombres y hombres a nivel individual que también sueñan con una sociedad mejor. Pero las pruebas están allí para quien quiera encontrarlas y admitirlas para intentar ser mejor persona. Las estadísticas no mienten, alrededor del mundo cada año mueren miles de mujeres asesinadas por sus esposos o compañeros sentimentales, cada año millones de mujeres son explotadas en la industria del sexo y los “clientes” que usan y abusan del cuerpo de mujeres, niños y niñas y personas transexuales, suelen ser del sexo masculino; en Bangla Desh y en la India a las mujeres se las quema con ácido, cada minuto una mujer es violada en algún lugar del planeta, y un largo y penoso etcétera.

Hoy he decidido reproducir un testimonio de las consecuencias de una violación, escrito por Claudine Simmons, estudiante afroamericana del York College de Nueva York. Este artículo lleva una breve introducción de la profesora Gloria Waldman y fue traducido en su día por Elisa Sierra Gutiérrez. Escrito en 1984 y más tarde publicado en la revista Poder y Libertad nº 6. Año 1985, reeditado por Elvira Siurana para este blog.

LA VIOLACIÓN. En primera persona

Introducción de Gloria Waldman

Desde 1976 imparto un curso sobre "Mujer: Mito y Realidad" en el York College de Nueva York, con otras colegas doctoras en historia, literatura, antropología y psicología. Ha sido el curso que más ha aportado a mi desarrollo intelectual y emocional. Encontré que el Movimiento Feminista era mi causa primordial a través del curso. Reforcé mi activismo personal y político. Conocí de una forma nueva, más íntima y vulnerable a mis colegas al diseñar juntas el curso.
Hemos visto divorcios, abortos, rupturas de compromisos, dolorosas tomas de conciencia, y claro está, renacimientos personales, semestre tras semestre. Hemos reído y llorado, nosotras cuatro, amigas y colegas, al leer las monografías de nuestro estudiantes. Son hombres y mujeres, la mayoría mujeres negras e hispanas, mitad jóvenes, mitad adultas, madres y divorciadas.
Y ahora presento esta conmovedora exposición de nuestra alumna Claudine donde se revela al lector mientras se enfrenta a sí misma. Escribí comentarios en los márgenes de su monografía, como solemos hacer las profesoras. "Yo también estoy muy trastornada por las experiencias que describes y a la vez conmovida por tu valor y el profundo auto-conocimiento que demuestras. Debió ser enormemente difícil compartir estas reflexiones; más aún, investigar el tema de la violación, como lo has hecho, es otro indicio de tu firme aprecio por ti misma".
Como dice Claudine en su ensayo, había borrado de la conciencia su propia violación. Sin embargo, de una manera inexplicable para ella, escogió el tema de la violación para cumplir con uno de los trabajos escritos del curso. Decidió examinar de una manera académica y objetiva el fenómeno de la violación y a la vez enfrentar el asco y la vergüenza de su propia experiencia.
El resultado me conmovió tanto que se lo leí a Lidia Falcón, la misma tarde en que salía de EEUU para España. Sugirió ella que se lo tradujera para publicar en "Poder y Libertad" y así  compartirlo con un mayor público. Primero pedí a Claudine que lo compartiera con sus compañeros de clase. Accedió. Lo leí en voz alta a la clase y todos lloramos. Ella dijo que por fin se sentía libre. Desde California la compañera Dra. Elisa Sierra Gutiérrez ofreció traducirlo.
Se completa el círculo. Las palabras y emociones de una estudiante, mujer negra, madre, cobran aliento y vida a través de los ojos y oídos de sus compañeras, todavía desconocidas, en España. Así sea.

LA VIOLACIÓN. En primera persona
Escrito en N.Y. abril 1984 por Claudine Simmons.

La palabra violación -rape en inglés- deriva del latín "rapere" que significa robar, agarrar, o llevar. Es la manera más antigua con la cual un hombre secuestró o robó a una esposa. En algunas tribus, constituía el matrimonio a la fuerza, puesto que un hombre tenía solamente que apoderarse de cualquier mujer que quería, violarla, y llevarla a su tribu. Es increíble que la violación se llevara a cabo bajo la fachada del comportamiento aceptable que premiaba al violador por maltratar y abusar de la mujer.

Cuando se piensa bien, esta actitud no ha cambiado demasiado. Afortunadamente, sin embargo, como resultado del Movimiento Feminista, se ha puesto mayor atención a este problema social. No obstante, la violación todavía es un tema coloreado de mitos y conceptos erróneos, complicado, cargado de emociones y poco entendido.

Por lo general, criminalistas, psicólogos, y otros profesionales que trabajan con el violador y sus víctimas están de acuerdo en que la violación no es un crimen sexual, sino un crimen de violencia. Las víctimas de la violación pueden ser, y han sido, miembros de cualquier nivel social, sin consideración de edad (1). Hay muchos mitos sobre la violación. Uno de los más tenaces es que víctima de alguna manera participó en la ofensa: era seductora o provocadora y se lo buscaba (2). Aunque esto fuese cierto, aún persistiría el derecho a cambiar de idea. No es ilegal decir "no", pero sí es ilegal no aceptar el rotundo "no" de una mujer. Hay quien describe al violador como un hombre demasiado susceptible a excitarse sexualmente. Es una simplificación exagerada, además de incierta. La violación es, un hecho, no solamente una expresión del deseo sexual, sino más bien una excreción de necesidades que no son sexuales. La violación jamás resulta de la excitación que no tienen otro medio de satisfacerse. La verdad es que el treinta por ciento de los ofensores en distintos estudios eran hombres casados y sexualmente activos con las esposas cuando asaltaron a sus víctimas (3). Como normalmente se asocia la violación con la satisfacción del impulso sexual, con frecuencia los remedios que se proporcionan también se dirigen a las necesidades sexuales. Por ejemplo, se ha sugerido que una manera de evitar la violación es legitimar la prostitución. El hecho es que la prostitución existe y que no soluciona nada, porque el ofensor no busca la satisfacción sexual. Las prostitutas son violadas, porque representan todo lo que el violador cree amenazador y lo que resiente en la mujer (4).  Quizás se explique que estos mitos y sofismas exciten aún hoy, el hecho de que para la sociedad es mucho más fácil comprender y aceptar estos mitos que enfrentarse con las realidades y frustraciones de la violación.

Desgraciadamente el racismo es aún otro peso con el que tienen que cargar las víctimas pertenecientes a minorías, especialmente las negras. Muchos policías conceden que si el violador es de una minoría y la víctima es blanca las posibilidades de perseguir el crimen aumenta. Sin embargo, si el caso es al revés, muchas veces no se molestan en perseguir el crimen. Algunos blancos creen que la violación no es tan perjudicial para la mujer negra. Se dice que la negra es más activa sexualmente que la blanca. Existe el concepto de que la negra enfrenta mejor la opresión. La violencia es un hecho aceptado de la vida cotidiana de los ghettos donde vive la gente de las minorías y donde el crimen es alma viviente. Así es que la mujer negra puede asimilar una experiencia de violación más fácilmente que una blanca. Estos mitos hacen que las negras sufran doblemente. La capacidad para salir adelante con los problemas de la vida no aumenta con la práctica. El porcentaje de las violaciones aumenta según la densidad de la población, pero si este crimen ocurriera solamente en los ghettos, entonces el interés público no hubiera escalado al nivel actual (5).

Las reacciones de las víctimas pasan por dos fases que tienen que ver en particular con el papel que desempeña el personal del hospital. La primera fase es la reacción inicial, que ocurre inmediatamente después del ataque y que generalmente se experimenta en el cuarto de emergencias del hospital. Durante esta fase inicial asombrosamente la reacción psicológica de la víctima aún no se manifiesta. Normalmente las defensas psicológicas de la víctima ocultan el impacto más grave del ataque. La reacción más normal es el "shock". La víctima de la violación siente la necesidad intensa de cegar y negar la experiencia y las emociones que causa. Esta necesidad puede expresarse en el silencio o en la conversación rutinaria e implacable. Este comportamiento es el más corriente, aunque durante esta etapa algunas víctimas son mucho más emocionales: inquietas, histéricas, explosivas, irritadas y/o furiosas. Desgraciadamente, es lo contrario a la emoción que esperan ver la mayoría de la gente, el silencio es la norma. Esto disimula el trauma que la víctima ha sufrido. Este silencio, junto con la falta, en la mayoría de los casos, de pruebas visibles de la fuerza física y violenta que se empleó durante el ataque, la tendencia a no creer o de sospechar de la víctima. Esto expone a la víctima al peligro de pasar por alto su necesidad de apoyo psicológico y social.

La segunda fase emerge en los días y las semanas después del ataque. Cuando la víctima experimenta nuevas reacciones y emociones: intranquilidad cuando duerme, cambios en el apetito, alteraciones de energía, malestar, dolores, complicaciones ginecológicas, y cualquier otro efecto emocional y físico que resulte de las heridas sufridas. El miedo continúa como una emoción penetrante y perturbadora. Casi todas las víctimas tienen miedo a quedarse solas y a ser víctimas de nuevo. Las víctimas demuestran muchas emociones que indican la tensión y el malestar que siente. Las reacciones incluyen la ansiedad, cambios de disposición, lamentos, la agitación, y la depresión. A menudo se quejan de una pérdida del sentido de humor. La mayoría de las víctimas luchan con sentimientos exagerados de responsabilidad personal, culpabilidad, y censura de si mismas. Creen que podían o debían haber evitado el ataque escapándose, resistiendo, o evitando al violador. Una mujer que es violada por un hombre que ha entrado en su casa en medios de noche, que la amenaza con una pistola, y que dice que atacará a sus hijos que están dormidos en el cuarto de al lado a veces cree que debería haber resistido más (6).

Al llegar a este punto en mi reporte, no he podido seguir. Han pasado dos semanas y no he podido continuar. Porque yo también soy víctima de la violación. Es una memoria tan horrible que aún me causa dolor. Ocurrió hace casi diez años cuando tenía veintiuno o veintidós años. Siempre, aún de niña, tenía la idea de que era independiente. Después de la escuela de segunda, conocí a mi ex-esposo. Aunque le quería, no creía quererle lo suficiente para el matrimonio. Tenía dieciocho años. Pasaron más o menos cuatro años, conseguí empleo en la telefónica y me matriculé en un programa preparatorio para la Universidad en Harlem. Durante cuatro años fui lo bastante atrevida para decidir tener una hija sin estar casada. Cuando digo atrevida, quiero decir atrevida. Aunque mi marido (después nos casamos) me ofreció el matrimonio varias veces antes y después del embarazo, no sentía ningún deseo de casarme. Sabía que en nuestra relación faltaba algo esencial. Aunque la comunidad de Harlem parecía aceptar mi estado sin alterarse (viajaba a diario de Harlem a Queens, donde vivía), no fue tal la reacción de mi vecindad burguesa en Queens que gozaba del chisme. De eso hace años, y aunque hoy en día parezca increíble, era una experiencia original y totalmente fuera de norma (el embarazo por elección y sin matrimonio). Mi familia y mis amistades estaban dispuestos a aceptarlo ya que era mi decisión. Con el tiempo mi futuro marido creía que estaba loca, pero me sentía feliz, porque había conseguido algo que quería. La vida me iba muy bien: me gustaba se madre, estaba de permiso en el trabajo, y, en cuanto a mis estudios, yo era la primera en una clase de seiscientos estudiantes. Habíamos concluido diecisiete semanas de un programa de veinte semanas. Con tres semanas más de estudios, me enteré de que recibiría un honor por mis notas sobresalientes. ¡Estaba exultante!
  
Cuando faltaban solamente dos semanas, la escuela entera fue invitada a una función de la tarde en teatro Apollo, renombrado lugar de variedades en Harlem que desde los años cuarenta se jactaba de presentar el mejor talento negro de EE.UU.

Durante el entreacto, mientras una amiga y yo comprábamos refrescos, un hombre de unos cuarenta años se nos acercó. Iba muy bien vestido. Aunque al principio se dirigió a las dos, al poco tiempo dirigía su conversación exclusivamente a mí. Dijo que buscaba una secretaria personal (tras enterarse de que nos faltaban dos semanas para terminar el programa preparativo) que fuera recién graduada de la universidad o similar. Citó un salario enorme para empezar. Las dos nos lo tragamos, pero no sin alguna duda. Entonces se disculpó y fue a hablar con el portero. Tuvieron una conversación en voz baja y cuando volvió me preguntó si quería el trabajo (solamente me lo ofreció a mí).

Tenía que decidir al momento, porque en un rato entrevistaría a otra persona. Cuando me notó indecisa, llamó al portero y pidió su opinión sobre la oferta que me había hecho. El portero dijo que sería una secretaria muy buena, aunque me parecía notar cierto recelo en él. Hizo lo mismo con la taquillera, quien le miró y puso los ojos en blanco. Después él dijo que ella estaba celosa, porque hacía tiempo que había querido el puesto de secretaria.

No podía creer en la suerte que había tenido: el dueño del teatro Apollo me había ofrecido un trabajo remunerado. Me dijo que era necesario pasar por su oficina para llenar unos papeles. Me aseguró que había solamente un puesto, porque yo insistía en que empleara a mi amiga también. Ella me deseó mucha suerte y me dijo que no perdiese la oportunidad, porque llegaría a conocer a muchas personas famosas que venían al Apollo.

Él me dijo que era importante ir a su oficina un momento para llenar unos formularios. Al salir del teatro nos encontramos con un fotógrafo, en esa época había muchos en la calle 125, y mi nuevo jefe insistió en que nos hiciéramos una foto. Entonces me dijo que tenía una cita para una manicura a la vuelta de la esquina, pero yo podía esperarle y ya no habría demoras. Después de la manicura dijo que tenía que llevar algo a un bar cercano y que le acompañara ya que quedaba camino. Empecé a impacientarme con tanta actividad. Me recordó que como dueño del famoso Apollo era normal estar tan ocupado. Me disculpé por ser ridícula y le dije que entendía.  Cuando entramos en el bar, pidió si podían cambiarle un billete de cien dólares. Salimos a emprender el muy anticipado viaje a su oficina. Llamó a un taxi y dio las señas de su oficina. Aunque no comprendí los siguientes minutos, la memoria me atormentará toda la vida. Me abofeteó tan violentamente que no pude sentir nada durante media hora. Cuando abrí la boca para hacerle una pregunta, me volvió a pegar y me insultó con lenguaje obsceno. Para entonces estaba confundida, asustada, y avergonzada. Cuando llegamos a nuestro destino atravesamos el hotel más elegante que jamás había visto y salimos por la puerta de atrás. De ahí caminamos a la entrada de un hotel venido a menos. Fue increíble. Me dijo que tenía que recoger unos papeles y que entonces volveríamos a su oficina en el primer hotel. También me pidió perdón por pegarme, aunque ya no recuerdo la excusa que me dio. Me presentó a la recepcionista del hotel y subimos arriba. Al entrar en el despacho, estaba atónita al fijarme en la condición pobre de todo. En ese momento empecé a hacer preguntas, pero no me respondía. Cuando di la vuelta para exigir una explicación, me encontré con la navaja. No me acuerdo de mucho después de eso, porque estaba horrorizada y confundida. Había sido elegida secretaria del estudiantado y tesorera. Ese día tenía que hacer un depósito en la cuenta de la escuela. Me robó el dinero y entonces me robó el cuerpo, el orgullo, y la dignidad. Se quedó dormido después de la violación. Me quedaría acostada por horas, porque tenía miedo de moverme. Aún tenía la navaja en la mano (quizás solamente me parecieron horas). Los minutos que tardé en levantarme me parecieron años. Salí corriendo del edificio y terminé de vestirme afuera. Ya era de noche.

Seguí corriendo por no sé cuánto tiempo. No sé como llegué a casa. Recuerdo que llegué en coche o taxi, pero no tenía dinero. Después de diez años, los detalles se borran. Cuando entré en casa, me acuerdo de que me bañé repetidas veces. Mi abuela me preguntó por qué me bañaba tanto. Contesté que estaba muy sucia. Sentía como si toda la suciedad del mundo estuviera en mi cuerpo. Por fin me quedé dormida para despertarme a la memoria de un cansancio que jamás había conocido. Los siguientes meses fueron un infierno. Era difícil ir sola a la tienda. No importa donde te encuentres, siempre te crees que el violador te volverá a atacar. Esta posibilidad mantiene a la víctima en un estado de terror (7).

Se calcula que de cada treinta víctimas de violación una desarrolla una enfermedad venérea (8). También se calcula que el 1% de las víctimas quedan embarazadas. Fue mi mala suerte pertenecer al 1%.

Mi vida se convirtió en una pesadilla horrible. Elegí el aborto, pero este paso fue otra crisis emocional. Los siguientes cinco años se fueron en tratar de afrontar esta realidad.

Durante estos años volví a la escena del crimen dos veces. La primera llevé una navaja y la segunda una pistola. Estaba obsesionada con la idea de cobrar mi venganza personal. La vergüenza de tener que ir a la corte era agobiante. Había demasiadas cosas en mi contra: una niña sin el matrimonio (el hecho de que había sido decisión mía no hubiera importado) y el haber ido al lugar de la violación voluntariamente (la palabra del portero en cuanto a un trabajo no hubiera tenido valor ninguno). Al revivir la escena me di cuenta de que tantas demoras en el camino establecieron testigos de que yo le acompañaba por mi propia voluntad. Meses después del ataque me acordé de que cuando me abofeteó un coche de policía había parado al lado del nuestro, esperábamos un semáforo. Se me ocurrió que había actuado como mi chulo delante del taxista y de la policía. Cuando me abofeteó, el taxista empezó a decir algo, pero el violador cambió el tema hablando del dinero. Había la foto que nos habíamos hecho donde yo sonreía pensando en el nuevo trabajo y en mi buena suerte. El hecho de que no le denuncié en el momento también me hubiera dejado mal ante las autoridades. Aún siento vergüenza después de diez años.

Este incidente me afectó toda la vida como les habrá sucedido a todas las víctimas. Tuve una hija sin estar casada, porque me creía muy independiente, tenía buen trabajo, el padre de mi hija no era el que quería de marido, y además había querido ser madre. A los seis meses de la violación consentí casarme con el padre de mi hija. Durante esos seis meses me había convertido en una mujer insegura y desequilibrada que quería que alguien la protegiera. Fue un error tremendo, porque siempre había sido independiente y mi hija que aún tenía dos años y yo siempre nos las habíamos arreglado muy bien. Perdí la identidad y la independencia. El matrimonio resultó tan mal como lo había imaginado antes de tener a mi hija.

Después de casarme, sentí la necesidad de compartir esta experiencia horrible con alguien que me quería. Se lo dije a mi marido. Fue un error. Los estudios indican que entre el 50 y el 80% de las víctimas de la violación pierden a los maridos o los novios (10). Aunque yo no perdí a mi esposo, ojalá hubiera sucedido. La vida se convirtió en un día insoportable tras otro, todos llenos de sospechas y acusaciones.

Al leer las fuentes de investigación para escribir este trabajo, me encontré con las precauciones de siempre para evitar una violación: cerrar las puertas, no anunciar que se vive sola, bajar las persianas, tener un teléfono cerca de la cama, tratar de no caminar sola, no recargarse de paquetes, etc. No creo que sea suficiente. No tengo los remedios, pero sí sé que están en la conciencia de la sociedad y que no depende solamente de las víctimas. La violación es un crimen abrumador. Daña el bienestar físico, psicológico y emocional de las víctimas. (Tuve que dejar de escribir este trabajo varias veces por el dolor psicológico que sentía después de diez años. Ahora lo pienso, creo que la obsesión de mi marido en follarme con violencia de manera continuada resultó de una inestabilidad psicológica a causa de mi violación. Le denuncié varias veces a la policía, pero no me hicieron caso. Uno incluso me preguntó dónde estaba la sangre).

Estoy de acuerdo con lo que Janet Broadie, otra víctima de la violación, y autora del libro "Fighting Back", dijo, "Nunca se siente una tan sola y aislada como después de una violación". Por esta razón y por el desarrollo de nuestra sociedad hay que enfrentar el problema de la violación en todos los niveles: individual, social, cultural, legal, económico y político. Para combatir la violación se requieren los esfuerzos de diferentes agencias y el interés de todos (11).

Comentarios personales
Aunque la preparación para este trabajo no duró más que el tiempo normal, para terminarlo requerí horas y horas de esfuerzo. No me había dado cuenta de la profundidad del trauma emocional y psicológico que aún existía en mi vida a causa de la violación.

Aunque este síndrome emocional y psicológico había existido durante tanto tiempo, fue como si se me hubiera quitado un peso tremendo de encima. Me doy cuenta ahora de que ésta es la primera vez que he pensado en todos los detalles de este incidente. Es casi increíble que lo he cegado durante todos estos años. Es la primera vez que lo comparto, excepto con mi madre y mi ex-esposo, desde que ocurrió. No pude dormir por dos noches y me di cuenta de que el resentimiento que siento por mi madre es el resultado de este incidente. Ella no me apoyó emocionalmente. Ahora cuando lo pienso, creo que quizás ella estaba sufriendo mucho y por eso no pudo responder de una manera emocional y no supo qué hacer ni qué decir.

También me doy cuenta de que aunque he estado separada de mi marido desde hace seis años, no he roto legalmente con él, porque he usado el matrimonio como protección contra otros hombres. Si no me divorcio, no puedo comprometerme seriamente con nadie, así no sufro. Desconfío de los hombres. Varios hombres han querido casarse conmigo, pero los he rechazado sin entender la razón. Realmente quería a dos de ellos, que eran mayores y estaban establecidos.

Ahora me doy cuenta de que debo estar en contra de una relación. Me siento amenazada si creo que el hombre toma el control. Creo que igualo el control emocional, psicológico y mental por parte de un hombre con el inevitable control físico.

En resumidas cuentas, aunque este trabajo ha trastornado mis emociones, me ha facilitado introducirme, por primera vez, en quién soy. Ahora puedo enfocar mi vida, porque por fin comprendo las causas de muchas cosas y las soluciones parecen estar a la vuelta de la esquina. Después de todo, lo más difícil fue recordar el pasado.

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(1)   Carmen Germanine Warner. "Rape and Sexual Assault. London: Aspen, 1980. p. 94.
(2)   Nicholas A. Groth, "Men Who Rape" Ed. H. Jean Birnbaum. New York, Plenum, 1979. p. 7.
(3)   Ibid., p. 4.
(4)   Ibid., p. 8.
(5)   Janet Brodie, "Fighting Back". New York, Macmillan, 1978. p. 21.
(6)   Warner, pp. 145-150.
(7)   Ibid., p. 200.
(8)   Ibid., p. 60.
(9)   Ibid., p. 62.
(10) Ibid., p. 213.
(11) Grot, p. 11.